domingo, 15 de noviembre de 2009

PROHIBIDO QUEJARSE O EL VICIO DE LA LECTURA

María Luisa Erreguerena
Nos quejamos del tráfico, de la basura en las calles, de la inseguridad y de todo lo que nos ocurre. Nos quejamos con tanta frecuencia que nos parece una plática cotidiana. Un deporte de bajo riesgo que, con motivos o sin ellos, requiere nuestra entusiasta repetición.
Sin embargo, me propongo en este texto no quejarme: No voy a decir que el mexicano promedio no lee (según estadísticas optimistas) ni tres libros al año; no voy a decir que en México el libro se compra más como un regalo que para leerse, ni del triste lugar que ocupamos al compararnos con otros países en educación y nivel de lectura de los estudiantes. Todo esto podría escucharse a queja y no voy a mencionarlo
Voy a hablar de lo positivo. Al pregunta a amigos que son buenos lectores cómo o por qué empezaron a leer, las respuestas fueron varias: porque su mamá les leía cuentos cuando eran niños y después ellos quisieron leer; porque de pequeños les gustaban los libros, por sus imágenes o colores, o como objetos dóciles al tacto y al ensueño; porque descubrieron a un autor que les hablaba de si mismos, porque tuvieron oportunidad de asistir a bibliotecas ricas en cultura, familiares en casos afortunados o a bibliotecas públicas, en lo que estos buenos lectores están de acuerdo es que: leer es un placer

Sin embargo, un buen lector podría contestar que él o ella leen, aunque no sirva para nada o precisamente porque no sirve para nada; porque sirve para navegar como Conrad en un barco con un capitán ciego o para avanzar sobre el lomo del flaco Rocinante o para encontrar a la muchacha de los lentes de Kundera
O sirve, nada más, para no morirnos de aburrimiento; para no quedarnos en la sobrevivencia de una rutina aplastante, breve y egoísta
Y es que todos necesitamos: el calendario de una mujer con poca ropa en el taller, el florero de barro mal cocido en el centro del comedor… es decir necesitamos de la expresión artística para sabernos humanos. Los libros nos dan esa posibilidad.
Creo que más que quejarnos sería deseable entender cómo fue que yo o usted nos convertimos en lectores e invitar a los demás a compartir esta pasión, y tal vez, entonces tendremos que admitir que los libros, en algunos casos, nos ayudaron a perder la inocencia
Si queremos cuidar la ignorancia no fomentemos la lectura, pero si queremos algo diferentes no hay otro camino leer "el que lee siempre está un paso adelante de los demás"

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